Tres años de un Papa de Revoluciones

Las sorpresas con Francisco comenzaron el mismo día de su proclamación como sumo pontífice, hoy hace exactamente tres años: para estupor de los ceremonieros, salió al balcón en sotana, sin ornamentos. También sorprendió al prescindir de los 12 títulos que corresponden al papa; solo quiso el de obispo de Roma.Y en vez de la bendición para la ciudad y el mundo (Urbi et orbi), la muchedumbre reunida en la plaza escuchó un inusual “recen por mí”, una especie de mantra repetido luego en varios países. (Lea también: Las preguntas ‘difíciles’ de los niños que responde el papa Francisco)

¿Tácticas de un hábil comunicador? Uno repasa lo sucedido desde el miércoles 13 de marzo del 2013 y no ve el truco, sino el modo de ser de un hombre llegado a Roma desde el fin del mundo. En estos tres años, la Iglesia ha avanzado lo que no había hecho en 30. Hiperbólica o no, la expresión del teólogo español José María Castillo –que recuerda la frase de un curial con motivo de la renuncia de Benedicto XVI– recoge un sentir amplio en la Iglesia y fuera de ella: “la Iglesia nunca había caído tan bajo”. Se refería a la corrupción y la ambición de poder que motivaron la inesperada dimisión papal.

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Tal fue el marco dentro del cual comenzó sus labores el nuevo pontífice, que pareció anunciar todo un programa al escoger el nombre de Francisco, el de Asís (Italia), el hombre más parecido a Jesús en toda la historia.

En estos 36 meses, inició el desmonte de la idea de la Iglesia como poder, al tiempo que adelantaba con persistencia la reforma de la curia romana. El paso más reciente lo dio esta semana, con los controles a la financiación de los procesos de beatificación y canonización, en los que familias o grupos interesados invertían sumas de escándalo.

Su discurso del 13 de febrero en la catedral de México subrayó el perfil de esta nueva Iglesia. En una intervención escuchada en silencio, los obispos mexicanos le oyeron decir que no necesitan de la oscuridad para trabajar, que si tienen que pelearse se peleen, que se digan las cosas a la cara y que se pidan perdón si se pasan de la raya. Pero que mantengan la unidad. “Es necesario superar la tentación de la distancia, del clericalismo, de la indiferencia, del triunfalismo y de la autorreferencialidad”, advirtió. Esta última palabra se refiere al error de convertir a la Iglesia en un fin, que ha provocado rechazo en los otros credos e iglesias. Según la idea tradicional,la católica debe ser la número uno, lo cual ha hecho de la pastoral una acción proselitista y no de anuncio, una gestión de poder y no un acto de servicio.Y agregaba Francisco: “No se necesitan príncipes, sino testigos del Señor”. (Lea aquí: Seis hechos curiosos que dejó la visita del papa Francisco a México)

En este trienio, el mundo ha tomado nota de los pequeños gestos de este gran hombre: prefiere la modesta habitación del hotel Santa Marta a las lujosas del Vaticano, el auto sencillo a los de lujo, y rompe las medidas de seguridad para ir al encuentro de niños, enfermos y humildes.

Su expresión de “sacerdotes con olor de oveja” se complementa con su rechazo al ‘carrierismo’, esa visión del trabajo pastoral como escalada de cargos. Su sobriedad contrasta con el estilo forjado durante siglos de cortesanía vaticana. Colores, insignias, sedas, terciopelos, rituales y protocolos de corte son apenas una mínima parte de los usos que Francisco quiere erradicar.

Entre los que hacen el balance de estos tres años hay consenso en que reformar la curia es necesario. Una de las propuestas, del teólogo Castillo, es sustituirla por la Comisión Consejera Mundial del Obispo de Roma, que institucionalizaría el actual G8 o consejo de cardenales del mundo, creado por Francisco para darles voz a las iglesias de todos los continentes. No se trata de desmontar los mecanismos de gobierno, sino de orientarlos, como sucede con las instancias creadas por el Papa para afrontar los casos de pederastia clerical. La respuesta encubridora de obispos a los que preocupó más el desprestigio institucional que el daño a las víctimas se convirtió en una decidida campaña de tolerancia cero operada por la Congregación para la Doctrina de la Fe, con organismos creados para la prevención y la reparación a las víctimas, y con activas relaciones con la justicia civil.

Cuando el Papa, en vísperas del sínodo de octubre pasado, ordenó a los tribunales eclesiásticos simplificar los procesos de nulidad matrimonial, desmontó una estructura de poder en que la pastoral, absorbida por los imperativos del derecho canónico, revestía a los jueces de un poder desprovisto de misericordia. Fue una dinámica impulsada para reemplazar el talante de poder de la Iglesia por el aire evangélico de la misericordia. A Francisco parece no importarle conservar el poder de la Iglesia, y no lo desvelan las estadísticas de bautizados. En vez de una Iglesia poderosa, prevé una de puertas abiertas y alma samaritana, volcada a las calles y sin miedo de armar lío.

Los periodistas que viajan con él en sus giras se encuentran con una persona transparente; ninguna pregunta queda sin respuesta y su lenguaje, lejos del formalismo de los poderosos, tiene la simplicidad de un diálogo fraterno. Sobre los gay: “¿Quién soy yo para juzgarlos?”; sobre la propuesta de Trump de levantar muros: “Lo cristiano es hacer puentes”… “Quien insulta a mi madre se expone a un golpe”. Son expresiones desprovistas de cálculo, que los cortesanos reprochan como demagógicas, imprudentes o ambiguas, pero que pertenecen al lenguaje de alguien que no cree en el poder. (Además: ‘Comentarios del Papa sobre Trump no fueron ataque personal’: Vaticano)

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En una entrevista para Vida Nueva, el embajador de Colombia ante la Santa Sede, Guillermo León Escobar, dijo que el Papa no irá a sitios del país que ya hayan sido visitados por sus antecesores, fuera de Bogotá. Por eso se habla de Quibdó, una capital de periferia. Esa fue la razón de su visita a Chiapas (México) y de su atenta escucha a los indios de Ecuador y Paraguay. Los pobres son una prioridad para Francisco. Aunque hace recordar a los políticos en campaña que alzan niños o abrazan a la gente, lo suyo es distinto. Para él, la opción por los pobres, antes que cultural, sociológica, política o filosófica, es una categoría teológica.

Su encíclica Laudato Si, sobre el medio ambiente, fue un hecho cumbre.Entre sus novedosos ejes, muchas veces no contemplados por los ambientalistas, incluye el impacto de los abusos contra la naturaleza en la vida de los pobres. Y son los pobres también el gran argumento del proceso de canonización del arzobispo salvadoreño Óscar Romero, cuya causa se había estancado.

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Cuando dijo que lo cristiano es construir puentes y no muros, Francisco ya lo había probado con hechos. Durante estos tres años ha tendido varios puentes: entre países separados, como Cuba y Estados Unidos, un puente construido silenciosa y eficazmente; sobre una fosa de separación de más de mil años, entre católicos y ortodoxos, un puente tendido con aquel abrazo al patriarca Cirilo en La Habana. Sorprendió, así mismo, cuando habló de su propósito de tender un puente a China. Las visitas a una mezquita centro africana y a la de Roma proclaman su voluntad de acercamiento con el mundo musulmán. Y lo mismo puede pensarse de aquella audiencia con el presidente de Irán, Hasan Rohaní.

La vieja diplomacia vaticana dormía entre laureles hasta que Francisco la sacudió con la sola aplicación del espíritu del Evangelio, de unión entre los hombres.

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El fenómeno Francisco, que parece estar derribando las barreras que separaban a la Iglesia del mundo actual, es apasionante. Aunque ha provocado atracción y rechazo, ha sido mayor el magnetismo de un hombre tan humano y creyente que no teme equivocarse. Podría apostar que, en respuesta al apremio del teólogo suizo Hans Küng sobre la infalibilidad del papa, él diría que ser infalible no está en su programa.

Quizás la fuerza de su atracción radica en que toma muy en serio el Evangelio, el cual proclama más con el ejemplo que con las palabras, aunque estas siempre son cálidas y convincentes. Con ambos, le está haciendo entender al mundo y a la Iglesia que esta no es un poder entre los poderosos, sino una compañera para la humanidad. Así lo ha demostrado en estos tres años.

JAVIER DARÍO RESTREPO*
Especial para EL TIEMPO
* Director de la revista ‘Vida Nueva Colombia’.

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