Mensajes del Arzobispo. SEGUIR A JESÚS DESDE LA FAMILIA

Apreciados Hermanos y Hermanas, muy buenos días.

Hoy es el Fiesta de la Madre, en muchos países del mundo. También en Colombia. Se trata de una celebración muy entrañable para todos, muy a pesar de que la sociedad de consumo la ha comercializado al máximo. Las circunstancias especiales en que “el encierro” nos exige celebrarla, nos da la posibilidad para que el agasajo sea más sencillo y las manifestaciones de nuestro amor, a estas personas tan importantes en nuestra vida, tomen un matiz más de familia, más de sencillez, más auténtico.

Cuando hablamos de “madre”, asociamos realidades que tocan muy profundamente nuestra existencia: maternidad, vida, familia, amor, entrega…Qué bueno que las podamos saborear en el silencio de nuestros hogares y con los sentimientos más puros. Por otra parte es una oportunidad única para levantar, solos y acompañados, nuestras oraciones por ellas, a Dios nuestro Padre: oraciones de Acción de Gracias, de súplica, de perdón, de alabanza…

Les propongo que leamos hoy como Mensaje, una bella página tomada del libro del biblista y pastoralista español, Padre José Antonio Pagola, titulado “Dejar entrar en casa a Jesús”(Editorial PPC, año 2018), en una de sus reflexiones que titula: “Seguir a Jesús desde la Familia”(páginas 88-91). Les recuerdo que la familia es una institución, ciertamente la más importante, que tendrá que salir fortalecida y será definitiva para la construcción de una “una nueva tierra”, de “una nueva sociedad”, de “una nueva Iglesia”. El criterio decisivo para entender y vivir la fe cristiana es seguir a Jesucristo. Por eso el seguimiento de Jesús constituye el núcleo, la clave y la fuerza de la renovación de la vida de una familia cristiana. Esta es la decisión que lo puede cambiar todo.

Seguir a Jesús es creer en lo que Él creyó; dar importancia a lo que Él le daba; interesarnos en lo que Él se interesaba; defender la causa que Él defendió; mirar a las personas como Él las miraba; acercarnos a los que sufren como Él se acercaba; sufrir por lo que Él sufrió; enfrentarnos a la vida y a la muerte con la esperanza con la que Él se enfrentó; confiar siempre en el Padre del cielo como Él confiaba. Los primeros cristianos entendían su vida como la aventura de seguir a Jesús haciéndose “hombres nuevos” y “mujeres nuevas”. Pablo de Tarso dice que, el que cree en Jesucristo “se va renovando de día en día” (2 Corintios 4,16).

¿Es posible tomar juntos la decisión de seguir a Jesús en familia? No es fácil. Es una decisión que hay que preparar y madurar despacio, respetando a todos, pues se trata de una decisión personal de cada uno. Son los padres creyentes los primeros responsables de crear un clima propicio para ello. Puede facilitar mucho las cosas, el que varias parejas se ayuden mutuamente compartiendo sus experiencias y sus iniciativas. Desde el comienzo ha de quedar claro que seguir a Jesús no es copiar un modelo, reproduciendo los rasgos de un maestro del pasado y de manera pasiva, infantil y sin creatividad alguna. Es una aventura mucho más apasionante. Los Evangelios nunca hablan de imitar a Jesús, sino de seguirlo. Jesús no es un espejo, sino un camino. No es un gran líder que vivió hace veinte siglos y que cada día que pasa, se va quedando más lejos de nosotros y de nuestros problemas. Jesús Resucitado está vivo en medio de nosotros, en el centro de la familia. Más aún, su Espíritu está dentro de cada uno de nosotros, sosteniendo, alentando e inspirando nuestras vidas. Hemos de escuchar su llamada a seguirlo hoy de manera creativa, confiando siempre en su apoyo y su fuerza.

“Seguir a Jesús” es una metáfora tomada de la costumbre que tenía Él, de caminar unos pasos por delante de sus discípulos. Por eso nos recuerda que el seguimiento de Jesús exige “dar pasos”: tomar una primera decisión, ponernos en camino, dejarnos guiar por el Evangelio, levantarnos cuando hemos caído, volvernos a orientar cuando nos hemos perdido…Cuando nos detenemos o nos instalamos en nuestra propia comodidad, Jesús se nos va quedando cada vez más lejos. Pero cuando tenemos una pequeña experiencia de seguirlo, comenzamos a descubrir que la fe cristiana no consiste en creer algo, sino creer en alguien, por quien nos sentimos atraídos y llamados a seguirlo.

Para impulsar el seguimiento de Jesús hemos de recuperar con realismo la lectura del Evangelio en Familia, primero entre los padres, luego, si es posible, con los hijos. Los Evangelios no son libros didácticos que exponen doctrina sobre Jesús. No son catecismos. Lo primero que se aprende en los Evangelios es “el estilo de vida” de Jesús: su manera de estar en el mundo, su forma de hacer la vida más humana, su modo de pensar, de sentir de amar, de sufrir. Los cuatro Evangelios son para los discípulos de Jesús una obra única, pues hay algo que solo en ellos podemos encontrar, la memoria de Jesús tal como era recordada, creída y amada por sus primeros discípulos.

Los Evangelios son relatos de conversión. Fueron escritos para suscitar nuevos discípulos y seguidores. Son relatos que invitan a cambiar, a seguir de cerca a Jesús, a identificarnos con su causa, a colaborar con Él abriendo caminos al Reino de Dios. Por eso han de leídos, meditados y compartidos, escuchando su llamada a entrar en un proceso de cambio y conversión. No pensemos en algo muy complicado. Se trata de leer los relatos muy despacio, deteniéndonos en la persona de Jesús; fijándonos bien en qué dice y qué hace. Luego, entre todos nos podemos ayudar a hacernos algunas preguntas: ¿qué verdad nos enseña o nos recuerda Jesús en cada relato? ¿a qué nos llama? ¿cómo nos anima y alienta con sus palabras?

Una familia empieza a seguir de verdad a Jesús, cuando comienza a introducir en casa la verdad del Evangelio. No hemos de tener miedo a poner nombre a las cosas. Hemos de atrevernos a discernir qué hay de verdad evangélica y qué hay de antievangélico en las costumbres de la familia, en la convivencia, en los gestos, en la manera de vivir. No para echarnos la culpa unos a otros, sino para animarnos a vivir al estilo de Jesús.

Queridos hermanos y hermanas, la fiesta de la Madre 2020 puede marcar el futuro de nuestras familias. Es importante que preveamos cuales son los cambios que necesitamos hacer en la relación de pareja, en la relación entre padres e hijos y en general, en la convivencia que se vive al interior de una familia. Como les señalaba al inicio de éste Mensaje: no hay duda, de que es la institución que tiene que salir más fortalecida del “encierro”. Y la primera gran responsabilidad la tienen los miembros que forman la familia. No podemos sacar la excusa, de que la responsabilidad está fuera de los miembros que integran la institución familiar. Pero de lo que no hay duda, es que hay que renovarla. El papel de la pareja es clave para esto; particularmente el amor  y la entrega de la madre. Es una oportunidad que no la podemos dejar pasar en vano. ¡Manos a la obra! El cambio ya ha comenzado, en la gran mayoría de las parejas; el tiempo y la convivencia amplia que hemos tenido la oportunidad de vivir, era muy difícil de soñar. Dios nuestro Padre, que siempre ha soñado en renovar las familias, nos la ha dado en un momento muy doloroso de la vida de la humanidad y de la vida de todos y de cada uno de nosotros. No olvidemos, lo que profesábamos en la Semana Santa en Familia: ¡tú Cruz, nos hace ver la luz!

Felicitaciones a todas las madres. Feliz día para todas las familias. La sencillez y las limitaciones con las cuales vamos a vivir esta celebración, son un signo importante para descubrir que nuestro “modo de vivir” tiene que cambiar definitivamente. Oremos por nuestras familias. Oremos por nuestras madres. Y no se olviden de orar por mí.

Cordial y fraternal saludo.

Su obispo, +Jorge Enrique Jiménez Carvajal. Arzobispo de Cartagena

Cartagena, Domingo 10 de mayo.

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