Mensajes del Arzobispo: TANTO AMÓ DIOS AL MUNDO

Apreciados hermanos y hermanas, buenos días.

El evangelista San Juan nos habla de un extraño encuentro de Jesús con un importante fariseo, llamado Nicodemo. Según el relato, es Nicodemo quién toma la iniciativa y va hasta donde Jesús “de noche”. Intuye que Jesús es un hombre venido de Dios, pero Nicodemo se mueve en incertidumbres. Jesús lo irá conduciendo paso a paso hacia la luz. En determinado momento, Nicodemo desaparece de la escena del encuentro y Jesús prosigue en su discurso para terminar con una invitación general: “buscar la luz en nuestra vida”. Y esa luz es el amor que Dios nos tiene. El diálogo que Jesús tiene con Nicodemo, lo lleva a una de las revelaciones más hermosas que encontramos en los Evangelios: Dios es de todos.

Pocas frases han sido tan citadas de los Evangelios como éstas que el Evangelio de San Juan pone en labios de Jesús. Los autores de los Evangelios, ven en ellas un resumen de lo esencial de la fe cristiana, tal como se vivía entre los seguidores de Jesús cuando se escribió el Evangelio de San Juan. “Tanto amó Dios al mundo, que entrego a su hijo único” (Juan 3, 16).

Dios ama al mundo entero, no sólo a aquellas comunidades cristianas a las que ha llegado el mensaje de Jesús. Ama a la humanidad, no sólo a la Iglesia. Habita en todo ser humano, acompañando a cada persona en sus gozos y desgracias. A nadie deja abandonado, pues tiene sus caminos para encontrarse con cada cual, sin que tenga que seguir necesariamente lo que nosotros le marcamos. Jesús veía a su Padre cada mañana, “haciendo salir su sol sobre buenos y malos” (Mateo 5, 45). Dios no sabe, ni quiere, ni puede hacer otra cosa sino amar, pues en lo más íntimo de su ser, es amor. Por eso dice el Evangelio de San Juan, que ha enviado a su Hijo, no para “condenar al mundo, sino para que mundo se salve por medio de Él”. Lo único que desea Dios, nuestro Padre, es ver ya, desde ahora y para siempre, a la humanidad entera disfrutando de su creación.

Este Dios sufre en la carne de los hambriento y humillados de la tierra; está en los oprimidos, defendiendo su dignidad; y en los que luchan contra la opresión, alentando su esfuerzo. Está siempre en nosotros para buscar y salvar lo que nosotros estropeamos y echamos a perder. Está con nosotros en medio de la pandemia que nos estremece y nos llena de miedo y nos amenaza; siempre dándonos Esperanza. Dios es así.

Antes que nada, Jesús invita a sus discípulos a vivir como hijos e hijas de un Dios cercano, bueno y entrañable, al que todos podemos invocar como Padre querido. Lo que caracteriza a este Padre, no es su poder y su fuerza, sino su bondad y su compasión infinitas. Nadie está solo. Todos tenemos un Dios Padre que nos quiere y nos perdona como nadie.

Jesús nos revela, que este Padre tiene un Proyecto nacido de su corazón: construir con todos sus hijos e hijas un mundo más humano y fraterno, más justo y solidario. Jesús lo llama “Reino de Dios”, e invita a todos a entrar en ese Proyecto del Padre, buscando una vida más justa y digna para todos, empezando por sus hijos más pobres, indefensos y necesitados.

Al mismo tiempo, Jesús invita a sus discípulos a que confíen también en Él: “No se turbe su corazón. Crean en Dios. Crean también en mí” (Juan 14, 1). Él es el Hijo de Dios, imagen viva de su Padre. Sus palabras y sus gestos nos descubren cómo nos quiere el Padre a todos. Por eso invita a todos a seguirlo. Él nos enseñará a vivir con confianza y docilidad al servicio del Proyecto del Padre.

Con sus discípulos, Jesús quiere formar una familia nueva, donde todos busquen “cumplir la voluntad del Padre” (Juan 6, 38). Esta es la herencia que quiere dejar en la tierra: un movimiento de hermanos y hermanas al servicio de los más pequeños y desvalidos. Esa familia será símbolo y germen del nuevo mundo querido por el Padre.

Por esto, todos necesitamos acoger el Espíritu que alienta el Padre y a su Hijo Jesús: “ustedes recibirán la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre ustedes, y así serán mis testigos” (Hechos 1, 8). Éste Espíritu es el amor de Dios, el aliento que comparten el Padre y su Hijo Jesús, la fuerza, el impulso y la energía vital, que hará de los discípulos de Jesús sus testigos y colaboradores al servicio del gran Proyecto de Dios nuestro Padre.

Apreciados hermanos y hermanas. Hoy es un día muy propicio para sentir el amor que Dios nuestro Padre nos tiene. Todos tenemos cosas importantes de nuestra vida para poner en sus manos, hagámoslo con una confianza enorme. Él está presto a escucharnos, a acompañarnos y a amarnos. Dejémonos querer por un Padre tan misericordioso y compasivo, como aquel que se nos ha manifestado siempre en nuestra vida, pero especialmente en estos “tiempos difíciles” para tener en alto la Esperanza.

Oro por ustedes y oren por mí.

Su obispo, +Jorge Enrique Jiménez Carvajal. Arzobispo de Cartagena.

Cartagena, abril 22 del 2020.

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