La primera pisada de Santa María Bernarda en Cartagena fue el 02 de agosto de 1895, día de la fiesta franciscana de la Porciuncula, con ella, llegaron 14 hermanas del Convento de María Hilf (Suiza) quienes huían de la guerra religiosa desatada en Ecuador, primer país que más recibió en América Latina.
Sucesivamente, llegaron más hermanas, animadas por la misión en América del Sur. La Congregación de Hermanas Franciscanas Misioneras de María Auxiliadora, en palabras de monseñor Carlos José Ruiseco Vieira, arzobispo emérito, “están cosidas a la historia de la Arquidiócesis de Cartagena”.
Son muchas las obras realizadas por las Franciscanas en La Heroica: su misión en Pasacaballos, Nelson Mandela, Arroz Barato, La Boquilla, San Isidro, el Pie de la Popa, La Providencia y los sectores vecinos, entre otros. También en el sector educativo con las escuelas Antonia Santos, Pekín, Niño Jesús, Biffi y La Candelaria. Así como las obras de promoción integral en El Pozón y El Carmen de Bolívar. También su servicio a los sacerdotes, los “ungidos del Señor, como decía Santa María Bernarda, en la Curia y en otros espacios.
Pero un lugar de misión silenciosa fue la sacristía de la capilla y posteriormente, Santuario de Santa María Bernarda. La misionera: una hermana delgada, de voz suave, de paso ligero y mirada tímida: la Madre Bertranda.
Historia de Madre Bertranda en su paso por Cartagena
Nació, el 03 de febrero de 1931, en la zona de Sur del Tirol, en una zona de Austria que limita con Italia, durante el papado de Pío XI, siendo testigo de 9 pontificados y del gran “aggiornamento” de la Iglesia con el Concilio Vaticano II. A sus 20 años, movida por el Espíritu Santo, salió de su tierra natal, “un pueblo hermoso, lleno de campos verdes y de flores lindas. Lo que más recuerdo es la fiesta del Corpus, donde llevábamos al Santísimo Sacramento por una larga procesión, con los campesinos y la gente de todo el pueblo”, me dijo una vez, mientras prendía el carbón del incensario. También fue testigo del traslado de los restos de Madre Bernarda de la Obra Pía al Colegio Biffi, en La Providencia.
Hizo de Cartagena de Indias su ciudad para el resto de su vida, fue sacristana por más 40 años, oficio que realizó con una mística indescriptible. La preparación de la Eucaristía, el ornamento del altar, la meticulosidad en el cuidado de los ornamentos y vasos sagrados y la piedad con la que participaba de la Eucaristía fueron un testimonio que gritaba su profunda vida interior. El mismo monseñor Carlos José Ruiseco expresó en algún momento: “la gente dice que cojo mucha rabia, y puede que sea verdad, pero ¿por qué nunca cojo rabia en el Biffi? Porque la madre Bertranda tiene todo siempre perfecto, nunca hay errores. En el Seminario cojo rabia, en las parroquias cojo rabia, pero en el Biffi, nunca”.
Religiosa, apóstol de la Eucaristía
La Madre Bertranda fue apóstol de la Eucaristía, cuando mencionan que Madre Bernarda tuvo una vida oculta en Dios, la imagen que viene a mi mente es la de la Madre Bertranda: silenciosa, discreta, afable y siempre consciente de que su consagración religiosa era total.
“Como Dios lo quiera” era una frase recurrente en labios de Madre Bernarda. Por su parte, la Madre Bertranda respondía con frecuencia al preguntarle cómo estaba: “como Dios quiere”. Una respuesta que mostraba su gran aceptación de la voluntad de Dios en su vida.
Siempre activa en la obediencia y procurando hacer lo mejor para su comunidad, fruto de su profunda vida interior. Además de la sacristía fue ecónoma de su comunidad, administrando con el máximo cuidado, los recursos que permitieran el desarrollo de la misión de la congregación en el Colegio Biffi, y el cuidado de su fraternidad. Incluso, se encargaba de cuidar el cementerio y de la exhumación de los restos de las hermanas para su traslado a la cripta en el santuario.

Coinciden varias hermanas que vivieron con ella en decir que, en revisión de vida, la Madre Bertranda intervenía pocas veces, pero cuando hablaba, lo hacía de tal manera que sus palabras estaban llenas de una sabiduría indiscutible, con una exhortación fraternal y un llamado a la fidelidad.
La sacristía fue un lugar de misión, incluso con su caminador, entrada en años, siguió sirviendo. Muchas personas necesitadas, luego de misa dominical de 7 a.m., llegaban a pedirle alguna ayuda. Nunca se iban con las manos vacías. Así fuera un “mocho de vela” se llevaban, junto con una bendición. Centenares de sacerdotes fueron atendidos por ella; muchos jóvenes acólitos, impregnados por su sola presencia; laicos proclamadores, ministros de comunión, catequistas, entre otros, sobre todo en la Parroquia Divina Providencia dan testimonio de una vida santa que el 13 de junio, en la fiesta franciscana de San Antonio de Padua, se plenificó, al ser llevada al Reino de los Cielos.
Sus últimos años los pasó en la Casa Betania, poco a poco su movilidad fue más reducida y diariamente mencionaba que ese día Dios la iba a llamar. Estás últimas semanas tuvo que ser internada en la Clínica Madre Bernarda. Sus palabras eran: “recemos, nos vamos a morir, Señor perdóname”.
Fueron 95 años en este mundo, hoy, en el cielo, alabamos a Dios por su vida, por su servicio, por su testimonio, por haber tenido este ejemplo de santidad en la Arquidiócesis. Que, como el grano que cae en tierra, su ejemplo y la vida entregada por tantas franciscanas europeas, redunde, para gloria de Dios, en más vocaciones y un incremento de la fe.
Disposición final de las cenizas en la cripta del Santuario de Santa María Bernarda
Octavio Gabriel Martínez – Comunicador social cartagenero