Papa Francisco en la MisaCrismal del Jueves Santo que se celebró en la basílica de San Pedro.- Homilía –

«Lo sostendrá mi mano y le dará fortaleza mi brazo» (Sal 88,22), así piensa el Señor cuando dice para sí: «He encontrado a David mi servidor y con mi aceite santo lo he ungido» (v. 21). Así piensa nuestro Padre cada vez que «encuentra» a un sacerdote. Y agrega más: «Contará con mi amor y mi lealtad. Él me podrá decir: Tú eres mi padre, el Dios que me protege y que me salva» (v. 25.27). Es muy hermoso entrar, con el Salmista, en este soliloquio de nuestro Dios. Él habla de nosotros, sus sacerdotes, sus curas; pero no es realmente un soliloquio, no habla solo: es el Padre que le dice a Jesús: «Tus amigos, los que te aman, me podrán decir de una manera especial: «Tú eres mi Padre»» (cf. Jn 14,21). Y, si el Señor piensa y se preocupa tanto en cómo podrá ayudarnos, es porque sabe que la tarea de ungir al pueblo fiel es dura; nos lleva al cansancio y a la fatiga. Lo experimentamos en todas sus formas: desde el cansancio habitual de la tarea apostólica cotidiana hasta el de la enfermedad y la muerte e incluso a la consumación en el martirio.
El cansancio de los sacerdotes… ¿Sabéis cuántas veces pienso en esto: en el cansancio de todos vosotros? Pienso mucho y ruego a menudo, especialmente cuando el cansado soy yo. Rezo por los que trabajais en medio del pueblo fiel de Dios que les fue confiado, y muchos en lugares muy abandonados y peligrosos. Y nuestro cansancio, queridos sacerdotes, es como el incienso que sube silenciosamente al cielo (cf. Sal 140,2; Ap 8,3-4). Nuestro cansancio va directo al corazón del Padre.
Estén seguros que la Virgen María se da cuenta de este cansancio y se lo hace notar enseguida al Señor. Ella, como Madre, sabe comprender cuándo sus hijos están cansados y no se fija en nada más. «Bienvenido. Descansa, hijo mío. Después hablaremos… ¿No estoyyo aquí, que soy tu Madre?»,nos dirá siempre que nosacerquemos a Ella (cf. Evangelii gaudium, 28,6). Y a su Hijo le dirá, como enCaná: «Notienenvino».
Sucede también que, cuando sentimos el peso del trabajo pastoral, nos puede venir latentaciónde descansar de cualquiermanera, como si el descansono fuera una cosa deDios. No caigamos en esta tentación. Nuestra fatiga es preciosa a los ojos deJesús, que nos acogey nos pone de pie:«Venid a mícuando estéis cansadosyagobiados, queyo os aliviaré» (Mt11,28). Cuando uno sabe que, muerto decansancio, puedepostrarse en adoración, decir:«Basta por hoy, Señor», y claudicar ante elPadre; unosabe también que no sehunde sino que se renueva porque, alque ha ungido con óleo de alegría alpueblo fiel de Dios, elSeñor también lo unge,«le cambia su ceniza en diadema, suslágrimas en aceite perfumadode alegría, suabatimiento en cánticos» (Is61,3).
Tengamos bien presente que una clave de la fecundidadsacerdotal está en el modo comodescansamosy en cómo sentimosque elSeñortrata nuestro cansancio. ¡Qué difícil es aprender adescansar! En esto se juega nuestra confianzay nuestro recordarque también somos ovejas. Pueden ayudarnos algunas preguntas aeste respecto.
¿Sé descansar recibiendoel amor, la gratitudy todo el cariño que me da el pueblo fielde Dios?O, luego del trabajo pastoral, ¿busco descansosmás refinados, no los delos pobres sino los queofreceel mundo del consumo?¿El Espíritu Santo es verdaderamente para mí«descanso en eltrabajo» o sóloaquel que me da trabajo?¿Sé pedir ayuda a algún sacerdote sabio?¿Sé descansar de mímismo, de miauto-exigencia, de mi auto-complacencia, de mi auto-referencialidad?¿Sé conversar con Jesús, con elPadre, con la Virgeny San José, con mis santos protectores amigos para reposarme ensusexigencias -que son suavesy ligeras-, en suscomplacencias-a ellos les agrada estar en mi compañía-, ensusinteresesy referencias-a ellos sólo lesinteresa la mayor gloria de Dios-? ¿Sé descansar de misenemigos bajo la protección delSeñor?¿Argumento y maquino yo solo, rumiando unay otra vez midefensa, o me confío al Espíritu que me enseña loque tengo que decir en cada ocasión?¿Me preocupo y me angustio excesivamente o, como Pablo, encuentro descanso diciendo:«Sé en Quién me heconfiado»(2 Tm1,12)?
Repasemos un momentolas tareas de lossacerdotes que hoy nos proclama la liturgia: llevar alos pobres la Buena Nueva, anunciar la liberación a loscautivosy la curación a los ciegos, dar libertada los oprimidosy proclamar el año de gracia del Señor. EIsaías agrega: curar a los de corazónquebrantadoy consolar a los afligidos.
No son tareas fáciles, exteriores, como por ejemplo elmanejode cosas -construir un nuevosalón parroquial, o delinear una cancha de fútbol para losjóvenes del Oratorio… -; las tareasmencionadas porJesús implican nuestra capacidad de compasión, son tareasen las que nuestro corazónes«movido»y conmovido. Nos alegramos con losnovios que se casan, reímos con elbebé que traen abautizar; acompañamos a los jóvenes que se preparan para el matrimonioy a las familias; nosapenamos con el que recibe la unción en la cama del hospital, lloramos conlos que entierran a un ser querido… Tantas emociones, tanto afecto, fatigan el corazón delPastor. Para nosotros sacerdotes lashistoriasde nuestra gente no son un noticiero: nosotros conocemos a nuestro pueblo, podemos adivinarlo que les está pasando en su corazón;y el nuestro, al compadecernos (alpadecer con ellos), se nos vadeshilachando, senos parte en mil pedacitos, y es conmovido y hasta parece comido por la gente:«Tomad, comed». Esa es la palabra que musita constantemente elsacerdote de Jesús cuando vaatendiendo a su pueblo fiel:«Tomad y comed, tomad y bebed…». Y así nuestra vida sacerdotalse vaentregando en elservicio,en la cercanía al pueblo fiel de Dios… que siempre cansa.
Quisiera ahora compartircon vosotros algunos cansancios en los quehe meditado.
Está el que podemos llamar «el cansancio de la gente, de las multitudes»: para el Señor, como para nosotros, era agotador -lo dice el evangelio-, pero es cansancio del bueno, cansancio lleno de frutos y de alegría. La gente que lo seguía, las familias que le traían sus niños para que los bendijera, los que habían sido curados, que venían con sus amigos, los jóvenes que se entusiasmaban con el Rabí…, no le dejaban tiempo ni para comer. Pero el Señor no se hastiaba de estar con la gente. Al contrario, parecía que se renovaba (cf. Evangelii gaudium, 11). Este cansancio en medio de nuestra actividad suele ser una gracia que está al alcance de la mano de todos nosotros, sacerdotes (cf. ibíd., 279). iQué bueno es esto: la gente ama, quiere y necesita a sus pastores! El pueblo fiel no nos deja sin tarea directa, salvo que uno se esconda en una oficina o ande por la ciudad en un auto con vidrios polarizados. Y este cansancio es bueno, es sano. Es el cansancio del sacerdote con olor a oveja…, pero con sonrisa de papá que contempla a sus hijos o a sus nietos pequeños. Nada que ver con esos que huelen a perfume caro y te miran de lejos y desde arriba (cf. ibíd., 97). Somos los amigos del Novio, esa es nuestra alegría. Si Jesús está pastoreando en medio de nosotros, no podemos ser pastores con cara de vinagre, quejosos ni, lo que es peor, pastores aburridos. Olor a oveja y sonrisa de padres… Sí, bien cansados, pero con la alegría de los que escuchan a su Señor decir: «Venid a mí, benditos de mi Padre» (Mt 25,34).
También se da lo que podemos llamar «el cansancio de los enemigos». El demonio y sus secuaces no duermen y, como sus oídos no soportan la Palabra, trabajan incansablemente para acallada o tergiversarla. Aquí el cansancio de enfrentarlos es más arduo. No sólo se trata de hacer el bien, con toda la fatiga que conlleva, sino que hay que defender al rebaño y defenderse uno mismo contra el mal (cf. Evangelii gaudium, 83). El maligno es más astuto que nosotros y es capaz de tirar abajo en un momento lo que construimos con paciencia durante largo tiempo. Aquí necesitamos pedir la gracia de aprender a neutralizar: neutralizar el mal, no arrancar la cizaña, no pretender defender como superhombres lo que sólo el Señor tiene que defender. Todo esto ayuda a no bajar los brazos ante la espesura de la iniquidad, ante la burla de los malvados. La palabra del Señor para estas situaciones de cansancio es: «No temáis, yo he vencido al mundo» (Jn 16,33).
Y por último – para que esta homilia no os canse – está también «el cansancio de uno mismo» (cf. Evangelii gaudium, 277). Es quizás el más peligroso. Porque los otros dos provienen de estar expuestos, de salir de nosotros mismos a ungir y a pelear (somos los que cuidamos). Este cansancio, en cambio, es más auto-referencial; es la desilusión de uno mismo pero no mirada de frente, con la serena alegría del que se descubre pecador y necesitado de perdón: este pide ayuda y va adelante. Se trata del cansancio que da el «querer y no querer», el haberse jugado todo y después añorar los ajos y las cebollas de Egipto, el jugar con la ilusión de ser otra cosa. A este cansancio, me gusta llamarlo «coquetear con la mundanidad espiritual». Y, cuando uno se queda solo, se da cuenta de que grandes sectores de la vida quedaron impregnados por esta mundanidad y hasta nos da la impresión de que ningún baño la puede limpiar. Aquí sí puede haber cansancio malo. La palabra del Apocalipsis nos indica la causa de este cansancio: «Has sufrido, has sido perseverante, has trabajado arduamente por amor de mi nombre y no has desmayado. Pero tengo contra ti que has dejado tu primer amor» (2,3-4). Sólo el amor descansa. Lo que no se ama cansa y, a la larga, cansa mal.
La imagen más honda y misteriosa de cómo trata el Señor nuestro cansancio pastoral es aquella del que «habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1): la escena del lavatorio de los pies. Me gusta contemplarla como el lavatorio del seguimiento. El Señor purifica el seguimiento mismo, él se «involucra» con nosotros (cf. Evangelii gaudium, 24), se encarga en persona de limpiar toda mancha, ese mundano smog untuoso que se nos pegó en el camino que hemos hecho en su nombre. Sabemos que en los pies se puede ver cómo anda todo nuestro cuerpo. En el modo de seguir al Señor se expresa cómo anda nuestro corazón. Las llagas de los pies, las torceduras y el cansancio son signo de cómo lo hemos seguido, por qué caminos nos metimos buscando a sus ovejas perdidas, tratando de llevar el rebaño a las verdes praderas y a las fuentes tranquilas (cf. ibíd. 270). El Señor nos lava y purifica de todo lo que se ha acumulado en nuestros pies por seguirlo. Eso es sagrado. No permite que quede manchado. Así como las heridas de guerra él las besa, la suciedad del trabajo él la lava. El seguimiento de Jesús es lavado por el mismo Señor para que nos sintamos con derecho a estar «alegres», «plenos», «sin temores ni culpas» y nos animemos así a salir e ir «hasta los confines del mundo, a todas las periferias», a llevar esta buena noticia a los más abandonados, sabiendo que él está con nosotros, todos los días, hasta el fin del mundo (cf. Mt 28,21). Y sepamos aprender a estar cansados, pero ibien cansados!

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