La compasión que salva: el enfermo como centro del Evangelio

Reflexión de la XXXIV Jornada Mundial del Enfermo

Karim Abdul Velez Shaikh

Cada 11 de febrero, la Iglesia Católica celebra la Jornada Mundial del Enfermo, una fecha profundamente profética que nos recuerda que una sociedad se mide por la manera en que trata a quienes sufren.

En su mensaje para esta Jornada, el Papa León XIV nos conduce al corazón del Evangelio al proponer como inspiración la imagen del Buen Samaritano, esa figura que no se limita a mirar el dolor, sino que se detiene, se compromete, toca la herida y carga sobre sí el peso del otro. En tiempos donde el mundo corre, calcula y muchas veces ignora, el Papa invita a recuperar la compasión como acto cristiano y como fundamento humano.

Desde esta inspiración, vale la pena mirar al enfermo desde tres dimensiones esenciales: su lugar en el plan de Dios, su significado en la Doctrina Social de la Iglesia y su rol activo dentro de la pastoral concreta de la Arquidiócesis de Cartagena.

El enfermo en el proyecto de salvación

El enfermo no es un error en la historia humana. No es un accidente ni una nota triste del destino. En la mirada cristiana, el enfermo ocupa un lugar especial porque en él se revela una verdad que muchas veces se oculta en la fuerza y en el éxito: la fragilidad es parte de nuestra condición humana, y precisamente ahí Dios se hace cercano.

El Papa León XIV, al retomar la parábola del Buen Samaritano, insiste en que el sufrimiento humano no debe producir indiferencia, sino despertar una respuesta concreta de amor. En el Evangelio, Cristo no se limita a hablar del dolor: se acerca, escucha, cura, toca y acompaña. Su modo de actuar nos enseña que la fe no puede reducirse a ideas o ritos; la fe verdadera siempre se traduce en gestos de presencia.

Pero el cristianismo va más allá: no solo afirma que Dios acompaña al que sufre, sino que proclama una verdad radical y luminosa: Dios asumió el sufrimiento humano en su propio cuerpo. La Escritura lo anuncia con claridad en la figura del Siervo doliente: «Ciertamente él llevó nuestras enfermedades y cargó con nuestros dolores» (Isaías 53,4). Este pasaje, que ha consolado a generaciones de creyentes, revela que el dolor humano no es ajeno a Dios: Dios lo cargó sobre sí.

El Evangelio confirma esta promesa¡”uand’ Jesús, en su ministerio, se dedica a sanar y liberar: «Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades» (Mateo 8,17). No se trata solo de un dato histórico: es una afirmación teológica. Jesús no cura desde la distancia, sino desde la compasión encarnada. La enfermedad, por tanto, no es únicamente un drama humano: se convierte también en un lugar donde la presencia de Cristo se hace real.

San Pedro, al contemplar el misterio de la cruz, lo expresa con palabras contundentes: «Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia; por sus heridas ustedes han sido sanados» (1 Pedro 2,24). Aquí la salvación aparece como lo que realmente es: una redención integral, que toca el alma, pero también abraza el sufrimiento humano.

Por eso, la enfermedad, aunque duele y hiere, no es solo una prueba: puede ser también un espacio de encuentro espiritual. Allí donde el cuerpo se debilita, muchas veces el alma se despierta, y el corazón se vuelve capaz de comprender lo esencial. El enfermo se convierte entonces en un signo vivo de una humanidad que clama por Dios y por la solidaridad del prójimo.

En ese sentido, la enfermedad no debe vivirse como destierro de la vida comunitaria ni como aislamiento definitivo. El mismo Cristo nos deja una palabra decisiva para comprender la dignidad del enfermo dentro del Reino: «Estuve enfermo y me visitaste» (Mateo 25,36). No es una frase simbólica, en cada enfermo se esconde un rostro sagrado, un lugar donde Cristo se deja encontrar.

El enfermo para la Doctrina Social de la Iglesia

Desde la Doctrina Social de la Iglesia, la enfermedad no puede interpretarse únicamente como una situación personal. Es también un hecho social que interpela la justicia, la equidad y la dignidad humana.

El Papa León XIV nos recuerda que la compasión no depende de la cercanía, de la simpatía o del interés: depende de una decisión moral. Y esta afirmación tiene un impacto directo en la vida pública. Porque cuando una sociedad decide amar al enfermo, se transforma. Cuando decide ignorarlo, se degrada.

La Doctrina Social de la Iglesia enseña que cada persona, incluso en la debilidad más extrema, posee una dignidad inviolable. Por eso, el enfermo no puede ser tratado como una carga, como un gasto, como un cuerpo improductivo o como un número más dentro del sistema. El derecho a la salud y al cuidado integral no es solo una cuestión médica: es una expresión de justicia social. La atención al enfermo exige políticas públicas responsables, sistemas de salud humanizados, acceso real a tratamientos, acompañamiento psicológico, redes comunitarias de apoyo y, sobre todo, un enfoque ético que coloque al ser humano por encima del lucro.

El mensaje del Papa invita a reconocer que el sufrimiento no puede ser invisibilizado. El dolor humano no es asunto exclusivo de hospitales o familias; es un asunto de toda la sociedad. Y en esa línea, la Doctrina Social de la Iglesia proclama que la solidaridad no es opcional: es un deber moral y una expresión concreta del bien común.

El enfermo, entonces, se convierte en un espejo que nos obliga a preguntarnos si nuestro modelo de vida y de desarrollo es verdaderamente humano o si se ha vuelto una maquinaria que excluye al frágil. La sociedad que no cuida al enfermo, en el fondo, renuncia a su humanidad. En cambio, la sociedad que lo protege y lo acompaña construye civilización así reconoce que la vida no se mide solo por la productividad, sino por la dignidad.

En tiempos de crisis sanitaria, precariedad económica y desigualdad en el acceso a tratamientos, el enfermo se convierte también en una voz silenciosa que denuncia. Denuncia la indiferencia institucional, la falta de empatía, la necesidad urgente de humanizar el servicio a la salud, el abandono y la soledad.

El enfermo como creyente activo en la Arquidiócesis de Cartagena: respuesta pastoral

En la Arquidiócesis de Cartagena, este llamado del Papa León XIV encuentra un terreno fértil en la vida pastoral de la Iglesia local. Aquí, el enfermo no es solo receptor de asistencia espiritual: es también parte viva del Pueblo de Dios y protagonista de una misión que transforma comunidades.

La Arquidiócesis, a través de los capellanes en clínicas y hospitales, sostiene una presencia silenciosa pero decisiva: acompañar al enfermo en los momentos donde la medicina no basta y donde el alma necesita consuelo, reconciliación, escucha y esperanza. Los capellanes no solo administran sacramentos; representan la cercanía de una Iglesia que no abandona, que no se retira del dolor y que cree profundamente que la fe también se vive en una cama de hospital.

La presencia pastoral en los centros médicos de Cartagena tiene un valor profundo, porque en esos lugares se vive la humanidad en la fragilidad: el miedo, la incertidumbre, el duelo, la espera y también la esperanza. Allí, la Iglesia no llega con el lenguaje que más sana: el de la misericordia. A veces una oración, una palabra sencilla o  la unción de los enfermos pueden ser el verdadero alivio para quien atraviesa un valle de sufrimiento.

A la vez, los agentes de pastoral de la salud, integrados en el tejido parroquial, han construido una red de servicio que llega a hogares, barrios y comunidades. Allí donde una persona enferma queda aislada, la Iglesia se convierte en compañía. Donde una familia se agota emocionalmente, la pastoral se convierte en alivio. Donde alguien se enfrenta al miedo o a la incertidumbre, la comunidad cristiana se convierte en abrazo.

Esta pastoral se expresa en múltiples acciones: visitas domiciliarias, acompañamiento a adultos mayores, apoyo espiritual en tratamientos prolongados, oración comunitaria, formación de voluntarios, escucha fraterna y articulación con parroquias. El enfermo, en Cartagena, no es una realidad periférica: es un desafío permanente que moviliza la espiritualidad y la oración, la organización comunitaria y la caridad sincera.

Pero hay un elemento clave que debe destacarse: el enfermo no es únicamente un destinatario pasivo. El enfermo también evangeliza. Su testimonio de paciencia, su capacidad de fe en medio de la prueba, su esperanza y su lucha interior son una catequesis viva para toda la Iglesia. Muchos enfermos se convierten en maestros de espiritualidad, en testigos de fortaleza, en personas que transforman a quienes los visitan.

La respuesta pastoral en Cartagena es una misión eclesial profunda: hacer presente a Cristo en la fragilidad humana y, al mismo tiempo, reconocer que Cristo también habla desde la fragilidad del enfermo.

Psicólogo, Mg. En Doctrina Social de la Iglesia

Coordinador de Relaciones Institucionales PDP Canal del Dique

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