BIENAVENTURADOS LOS NIÑOS POR QUE DE ELLOS ES EL REINO DE LOS CIELOS

Apreciados Hermanos y hermanas, muy buenos días.

Según el Proyecto de Jesús, “el Reino de Dios”, los niños han de ocupar el centro de la familia y de la sociedad, pues ellos son los más débiles y pequeños, los más vulnerables y los más necesitados de amor y de atención. Ellos han de ocupar también el centro de la atención y del cuidado cariñoso de las familias de los seguidores de Jesús.

Según los relatos evangélicos, los discípulos de Jesús vienen discutiendo  por el camino sobre “quien sería el mayor”, quien tendría más poder y autoridad en el Proyecto del Maestro. Jesús va a destruir el sueño de sus discípulos como también el sueño de los poderosos que manejan las naciones. Lo importante para construir un “mundo nuevo” y más humano, que Jesús llama “Reino de Dios” no es ser “el primero o el mayor”, sino vivir como el último, sirviendo a todos. Estas son sus palabras: “si uno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”. Para que su Mensaje quede bien grabado en sus seguidores, Jesús hace un gesto bien expresivo. Llama a los doce, toma a un niño  y lo pone en medio como señal y autoridad: ese niño ha de estar en el centro de la atención de todos, que nadie ocupe su lugar. Luego los estrecha con cariño entre sus brazos, pues los niños y las niñas son los más necesitado de amor y de cuidado. Los discípulos no saben que pensar de todo aquello y  Jesús se los explica en pocas palabras: “el  que reciba a un niños como éste, en mi nombre, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, no me recibe a mi sino a mi Padre”. En las comunidades y familias de seguidores de Jesús, cuando desaparece el dominio y  el poder sobre los demás, son los niños los que, en su pequeñez, tienen autoridad. Ellos son los más importantes, porque son los más necesitados de amor y de cuidado. Los demás empiezan a ser importantes cuando comienzan a servir a los más frágiles y vulnerables.

El pensamiento de Jesús aparece también con claridad en otro episodio. Le presentan a Jesús unos niños para que los acoja y bendiga. Los discípulos quieren imponer su autoridad y tratan de impedir que los niños estorben a Jesús, que tiene ocupaciones más importantes, según ellos, que entretenerse con niños. La reacción de Jesús es inmediata. Enfadado con sus discípulos, les dice: “dejen que los niños vengan a mí, no se lo impidan, porque de ellos es el Reino de Dios”. A continuación, Jesús “los abrazaba, los bendecía y les imponía sus manos”. Primero los acoge con un abrazo, comunicándoles su cariño y recibiendo de ellos su ternura y alegría; luego los bendice, como el Creador bendecía todo al comienzo de la vida; por último impone sobre ellos sus manos, como hacía con los enfermos, para que vivan y crezcan sanos.

La familia reunida en el nombre de Jesús, no ha de ser una comunidad donde los más fuertes se impongan sobre los demás, sino donde todos sepan vivir, al estilo de Jesús, abrazando, bendiciendo y cuidando a los más débiles y necesitados. La idea de Jesús siempre es la misma, en el Reino de Dios la vida se difunde desde la acogida a los pequeños. Donde los pequeños se convierten en el centro de la vida, ahí está llegando el Reino de Dios.

La experiencia del encierro prolongado en que estamos, nos ha hecho, cada día y con más insistencia, pensar en lo que vendrá después. Si lo vemos a la luz de la fe en la persona de Jesús y en su Palabra, nos dice que será “una tierra nueva”. Y bajo ese término recogemos muchos anhelos que en diversos momentos de la vida han sido sueños, de que aparezca “un nuevo modo de vivir”. Con respecto a los niños y a situaciones muy graves que viven ellos en Colombia y en nuestra Arquidiócesis, los sueños afloran y quisiéramos tener en cuenta eso que hemos anhelado y que quizás ahora tengamos la oportunidad de hacerlo realidad.

Uno muy importante es el respeto a la vida “desde el vientre materno”. Es doloroso pensar en que nuestros legisladores pretendan justificar las relaciones sexuales “irresponsables”, meramente por placer, para justificar la muerte de los niños en el vientre de las madres. En estos días en que podemos examinar cosas tan importantes como éstas, se impone que un “nuevo modo de vivir” exige gran responsabilidad en todas las relaciones de los hombres y de las mujeres. Siempre deben estar regidas por la responsabilidad. ¡No podemos traer niños irresponsablemente a este mundo! Qué traumas tan tremendos los que crean esta irresponsabilidad, en la pareja y en toda la familia. La despenalización del aborto patrocina esta irresponsabilidad.

En un “nuevo modo de vivir”, es imposible que convivamos con los múltiples abusos de los menores. Tolerar en una ciudad como la nuestra que haya turismo sexual con menores es una vergüenza. A diario nos duele comprobarlo en los niños y las niñas que tratamos de ayudar a través de las Casas de Talitha Qum, que a partir de la visita del Papa Francisco hemos ido creando, como una nueva muralla, para proteger y ayudar a empoderar a los niños y a las niñas para que defiendan su vida, con todos sus derechos. Pero esto solamente es un pequeño esfuerzo y hay otros también pero pequeños. Lo niños tienen que ser los primeros que protejamos. El abuso de los menores trunca totalmente sus vidas y quedan sin futuro.

Sobre el punto anterior es muy doloroso y vergonzoso que algunos presbíteros de nuestra Iglesia hayan caído en el feísimo pecado de la pederastia. Les pedimos perdón a los niños y a la sociedad. Sin embargo, la verdad es que la pederastia es una realidad inmensa en los hogares de nuestra sociedad, y es un dolor y una vergüenza, que los familiares más cercanos a los niños sean los que más abusan de ellos. Lo de los sacerdotes es muy grave, porque de nosotros esperan siempre un testimonio que corresponda a la Palabra que anunciamos. Pero convivimos con abusos de menores por todas partes y principalmente perpetrados al interior de las familias. Los abusos a este nivel son infinitos, necesitamos un “nuevo modo de vivir”.

Y es que nuestra sociedad no respeta a los niños y a las niñas. Y no los quiere. Y esto hace que miremos con un gran pesimismo el futuro de nuestra sociedad. Me refiero a algo que afecta particularmente a muchas parejas jóvenes. Muchas de ellas ya no quieren tener hijos. Pesa mucho la sociedad de consumo, sobre la decisión para tener un hijo. Lo que dicha sociedad ofrece a los jóvenes y los pone a hacer fantasía, como es una libertad mal entendida, un ansia de viajar y de tener dinero. Un “nuevo modo de vivir” requiere que las parejas vuelvan a soñar en traer niños y niñas a este mundo: fortalecería su amor y cambiaría los proyectos de vida que el materialismo y el consumo les insinúan y les publicita.

Hay mucho que hacer por los niños y por las niñas. Pensemos en todos los cambios que tendríamos que hacer en la educación que les imparten a ellos. Pensemos en el trabajo, siempre mal remunerado, en los cuales permitimos que comprometan sus vidas, cuando apenas están despertando a este mundo. Pensemos en las soluciones de vivienda social, que limitan de tal manera el especio para una familia y que necesariamente, hay intenciones soterradas de reducir la natalidad. En fin, un “nuevo modo de vivir” tendría que fortalecer y respetar la vida, el acompañamiento, la educación, de todos los niños y las niñas de nuestra sociedad.

Jesús es muy buen consejero sobre los cambios que tenemos que hacer al interior de nuestras familias, para que los niños y las niñas tengan futuro. Y logren un espacio humano y digno para su desarrollo. Demos futuro a los niños y a las niñas de nuestra sociedad y de Cartagena.

Los invito a que ojeemos los relatos de los Evangelios de Jesús y redescubramos el trato que Él daba a los niños y a las niñas. Nos interpelarán fuertemente dichos relatos.

Apreciados hermanos y hermanas, en este día y en los días que nos faltan de encierro, tenemos la oportunidad de darles más cariño a los niños y a las niñas ¡hagámoslo! Creo que nos dará mucho ánimo y esperanza.

Los recuerdo con mucho cariño. Denles a sus hijos un saludo especial de mi parte. Oren por mí.

Su obispo, Jorge Enrique Jiménez Carvajal. Arzobispo de Cartagena.

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