Con la participación de delegaciones de más de cien países y cerca de 1.500 asistentes, se instaló oficialmente este martes en el Centro de Convenciones de Cartagena la Segunda Conferencia Internacional sobre Reforma Agraria y Desarrollo Rural (ICARRD+20), convocada por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y el gobierno de Colombia .

En el centro del debate global sobre el acceso equitativo a la tierra, la voz de la Iglesia Católica se ha hecho presente con una delegación que pondrá sobre la mesa no solo un documento con las voces de varios continentes, sino las experiencias vividas por las comunidades a las que acompañan en el territorio. La conferencia, que se celebra veinte años después de la histórica cumbre de Porto Alegre (Brasil), busca «promover acciones concretas para enfrentar los desafíos estructurales que limitan el desarrollo rural», según señaló la FAO en su comunicado de apertura.
Una presencia eclesial con rostro y territorio
La Santa Sede designó para este encuentro global a Monseñor Paolo Rudelli, observador de la Santa Sede ante la FAO, quien encabeza la delegación vaticana. Junto a él, hace presencia activa Monseñor Juan Carlos Barreto, presidente de la Comisión de Pastoral Social – Cáritas Colombiana, y desde el continente africano se suma la voz del reverendo Uchechukwu Obodoechina, de Ghana, representando a las iglesias de África en este diálogo del Sur Global.
La participación eclesial en la ICARRD+20 no se limita a la observación institucional. Durante los cinco días de la conferencia, que se extenderán hasta el próximo 27 de febrero, la Iglesia Global tendrá un papel activo con paneles y espacios de discusión que conectan la fe con la política pública. Durante estos cinco días, CIDSE, CELAM y la Pastoral Social Cáritas Colombiana tendrán un papel activo con paneles sobre «Gobernanza territorial y agroecología» , «Seguridad y soberanía alimentaria para la vida» “Custodios del territorio” y “Reforma Agraria”. Espacios donde se pondrán en común las lecciones aprendidas en el acompañamiento a comunidades y donde resonará con fuerza una convicción: en la tierra todos cabemos.
Raíces profundas: un diagnóstico que viene del siglo XX
La postura de la Iglesia en esta conferencia no es nueva. Se conecta con sus raíces en el magisterio social del siglo XX, cuando Juan XXIII caracterizó el sector agrario como un «sector deprimido». Ese diagnóstico, que denunciaba, la pérdida de la soberanía alimentaria y el atraso técnico en el campo, sigue vigente y se actualiza hoy frente a fenómenos como el acaparamiento de la tierra, la expansión de la frontera extractiva y el debilitamiento de la agricultura campesina, familiar y comunitaria.
Frente a este panorama, la propuesta eclesial trasciende la mera redistribución de tierras. La reforma agraria que plantea es integral: acceso a crédito, asistencia técnica, infraestructura vial, seguridad social para el riesgo agropecuario y, de manera central, el reconocimiento de los sistemas de tenencia consuetudinarios de pueblos indígenas y afrodescendientes.
Juventudes rurales y cambio en la vocación agrícola
Uno de los énfasis que ha puesto la delegación eclesial en la apertura de la conferencia es la situación de las juventudes rurales. Sin arraigo, sin trabajo digno y sin relevo generacional, el campo se vacía. La pregunta por la esperanza se vuelve central: ¿cómo generar condiciones para que los jóvenes quieran permanecer en sus territorios?
A esto se suma el preocupante cambio de vocación agrícola en regiones enteras. El conflicto armado, la minería y los monocultivos que han desplazado cultivos tradicionales. «Hay zonas donde se cultivaba yuca y hoy la yuca llega de otros departamentos», advierten líderes pastorales, evidenciando cómo la violencia ha roto las condiciones para la agricultura.
Transición energética: no repetir los errores
La discusión sobre los usos del suelo en el marco de la transición energética también ha estado presente. La instalación de parques eólicos o proyectos de biocombustibles no puede convertirse en una nueva forma de despojo.
En este punto, la recuperación de suelos degradados aparece como caminos concretos para sanar heridas históricas. Pero requieren voluntad política, recursos y, sobre todo, una pregunta de fondo: ¿qué concepto de progreso y qué visión de desarrollo estamos empleando?
Paz y tierras: el desafío de fortalecer las capacidades de las víctimas y crear oportunidades de autonomía
La vinculación entre paz y tierra es ineludible. En países como Colombia, el conflicto armado ha tenido en el despojo una de sus causas más profundas. Por eso, la Iglesia Católica insiste en que cualquier política de reforma agraria debe preguntarse cómo no revictimizar a quienes ya han sufrido el desarraigo.
Los mecanismos de restitución, el acceso a innovación tecnológica y la titulación colectiva son pasos necesarios. Pero lo son si se inscriben en un proceso más amplio: desmontar certezas que justifican la concentración de la tierra, instalar las angustias donde corresponden, en las mesas de decisión política, movilizar a las comunidades y seguir generando esperanza desde la acción concreta.
Mientras las delegaciones continúan sus deliberaciones, la Iglesia del Sur Global mantiene su postura: caminar junto a las comunidades, embarrando los pies en el mismo surco, convencida de que la cosecha de la justicia no da espera. El tiempo de sembrarla es ahora.