Somos una Iglesia discípula y misionera, una Iglesia que encarna en sus entrañas el mensaje del Evangelio. Una Iglesia que es capaz de encontrar al Señor en la Palabra, la Eucaristía y los pobres.
Estos 492 años son el reflejo de la misericordia divina y, por eso, nuestro corazón reboza de gratitud. Proclamamos a un Cristo Vivo y Resucitado, que se manifiesta en los más frágiles y pequeños, aquellos que son los predilectos del Padre.
Es Cristo quien llama a la puerta de la Iglesia de Cartagena en cada una de sus comunidades. Desde las 12 zonas de pastoral, decimos «sí» a este llamado de estar en misión permanente para construir un verdadero espíritu de comunión, en actitud sinodal, que lleve el mensaje de esperanza hasta los confines de la tierra.

Nuestra Señora de la Candelaria, que nos cuida desde su santuario, es nuestro ejemplo para ser enteramente discípulos y misioneros, y con ella proclamamos a viva voz que esta Iglesia, que es madre y maestra, navega en las aguas de la fidelidad y el fervor, demostrando que sí es posible prefigurar el Reino de los cielos.
Somos testigos de la misión; nuestros pies y nuestras manos se exponen al cansancio para que otros descansen. Llevamos el consuelo del Señor a tantos hermanos que viven en las periferas; a las niñas y adolescentes, a las personas en situación de calle, a quienes no tienen una vivienda digna o que tienen hambre y sed de justicia. En ellos se centra nuestra acción pastoral.
Somos una Iglesia de muchos rostros, una Iglesia discípula y misionera, que, a través de sus ministros, camina en comunión y extiende sus manos en solidaridad. Una Iglesia que reconoce las culturas y sus particularidades, que acoge al peregrino y al migrante con puertas abiertas. Contemplamos la acción del Padre en la Casa Común, de la mano de María, Reina de todo lo creado.
Para estos 492 años, pedimos a Dios que siga derramando su gracia en nuestros corazones, para que podamos ser piedras vivas en la construcción de una sociedad más justa y humana.

Miramos con esperanza el porvenir y emprendemos juntos el camino hacia los 500 años de evangelización, navegando en sinodalidad por las aguas del Dique y la zona costera, y por cada una de las zonas rurales y urbanas.
Somos la Iglesia de Cartagena, una Iglesia que mira el pasado con una memoria agradecida y construye el presente bajo la especial protección de aquellos que habitaron estas tierras, llevando el mensaje de la Buena Nueva. Acudimos al amparo de Santa María Bernarda, San Pedro Claver y San Luis Bertrán, quienes, desde el cielo, custodian nuestos pasos.
Que la Santísima Trinidad prepare de nuestro corazón para esta celebración, y que nadie se quede por fuera, sabiendo que, en la mesa del Altar, todos participamos del gran Banquete de la Salvación.
Ana María Jiménez Rada – Comunicadora social/gestora de contenidos – Arquidiócesis de Cartagena