SÍN­TE­SIS DE LA EX­HOR­TA­CIÓN APOS­TÓ­LI­CA GAU­DE­TE ET EX­SUL­TA­TE

SÍN­TE­SIS DE LA EX­HOR­TA­CIÓN APOS­TÓ­LI­CA GAU­DE­TE ET EX­SUL­TA­TE

  1. «Ale­graos y re­go­ci­jaos» (Mt 5,12), dice Je­sús a los que son per­se­gui­dos o hu­mi­lla­dos por su cau­sa. El Se­ñor lo pide todo, y lo que ofre­ce es la ver­da­de­ra vida, la fe­li­ci­dad para la cual fui­mos crea­dos. Él nos quie­re san­tos y no es­pe­ra que nos con­for­me­mos con una exis­ten­cia me­dio­cre, agua­da, li­cua­da. En reali­dad, des­de las pri­me­ras pá­gi­nas de la Bi­blia está pre­sen­te, de di­ver­sas ma­ne­ras, el lla­ma­do a la san­ti­dad. Así se lo pro­po­nía el Se­ñor a Abraham: «Ca­mi­na en mi pre­sen­cia y sé per­fec­to» (Gn 17,1).
  2. No es de es­pe­rar aquí un tra­ta­do so­bre la san­ti­dad, con tan­tas de­fi­ni­cio­nes y dis­tin­cio­nes que po­drían en­ri­que­cer este im­por­tan­te tema, o con aná­li­sis que po­drían ha­cer­se acer­ca de los me­dios de san­ti­fi­ca­ción. Mi hu­mil­de ob­je­ti­vo es ha­cer re­so­nar una vez más el lla­ma­do a la san­ti­dad, pro­cu­ran­do en­car­nar­lo en el con­tex­to ac­tual, con sus ries­gos, desa­fíos y opor­tu­ni­da­des. Por­que a cada uno de no­so­tros el Se­ñor nos eli­gió «para que fué­se­mos san­tos e irre­pro­cha­bles ante él por el amor» (Ef 1,4).

CAPÍTULO PRI­ME­RO: EL LLA­MA­DO A LA SAN­TI­DAD

LOS SAN­TOS QUE NOS ALIEN­TAN Y ACOM­PAÑAN

  1. Los san­tos que ya han lle­ga­do a la pre­sen­cia de Dios man­tie­nen con no­so­tros la­zos de amor y co­mu­nión.

LOS SAN­TOS DE LA PUER­TA DE AL LADO

  1. No pen­se­mos solo en los ya bea­ti­fi­ca­dos o ca­no­ni­za­dos. Dios qui­so en­trar en una di­ná­mi­ca po­pu­lar, en la di­ná­mi­ca de un pue­blo.
  2. Me gus­ta ver la san­ti­dad en el pue­blo de Dios pa­cien­te: en esta cons­tan­cia para se­guir ade­lan­te día a día, veo la san­ti­dad de la Igle­sia mi­li­tan­te. La san­ti­dad «de la puer­ta de al lado»; «la cla­se me­dia de la san­ti­dad».

EL SEÑOR LLA­MA

  1. No se tra­ta de des­alen­tar­se cuan­do uno con­tem­pla mo­de­los de san­ti­dad que le pa­re­cen inal­can­za­bles.

TAM­BIÉN PARA TI

  1. ¿Eres con­sa­gra­da o con­sa­gra­do? Sé san­to vi­vien­do con ale­gría tu en­tre­ga. ¿Es­tás ca­sa­do? Sé san­to aman­do y ocu­pán­do­te de tu ma­ri­do o de tu es­po­sa, como Cris­to lo hizo con la Igle­sia. ¿Eres un tra­ba­ja­dor? Sé san­to cum­plien­do con hon­ra­dez y com­pe­ten­cia tu tra­ba­jo al ser­vi­cio de los her­ma­nos. ¿Eres pa­dre, abue­la o abue­lo? Sé san­to en­se­ñan­do con pa­cien­cia a los ni­ños a se­guir a Je­sús. ¿Tie­nes au­to­ri­dad? Sé san­to lu­chan­do por el bien co­mún y re­nun­cian­do a tus in­tere­ses per­so­na­les.
  2. En la Igle­sia, san­ta y com­pues­ta de pe­ca­do­res, en­con­tra­rás todo lo que ne­ce­si­tas para cre­cer ha­cia la san­ti­dad.

TU MISIÓN EN CRIS­TO

  1. Cada san­to es una mi­sión; es un pro­yec­to del Pa­dre para re­fle­jar y en­car­nar, en un mo­men­to de­ter­mi­na­do de la his­to­ria, un as­pec­to del Evan­ge­lio.
  2. «La san­ti­dad no es sino la ca­ri­dad ple­na­men­te vi­vi­da» (Be­ne­dic­to XVI).

LA AC­TI­VI­DAD QUE SAN­TI­FI­CA

  1. No es sano amar el si­len­cio y rehuir el en­cuen­tro con el otro, desear el des­can­so y re­cha­zar la ac­ti­vi­dad, bus­car la ora­ción y me­nos­pre­ciar el ser­vi­cio.
  2. Esto no im­pli­ca des­pre­ciar los mo­men­tos de quie­tud, so­le­dad y si­len­cio ante Dios.

MÁS VI­VOS, MÁS HU­MA­NOS

  1. No ten­gas mie­do de la san­ti­dad. No te qui­ta­rá fuer­zas, vida o ale­gría. Todo lo con­tra­rio, por­que lle­ga­rás a ser lo que el Pa­dre pen­só cuan­do te creó.
  2. No ten­gas mie­do de apun­tar más alto. No ten­gas mie­do de de­jar­te guiar por el Es­pí­ri­tu San­to. en la vida «exis­te una sola tris­te­za, la de no ser san­tos» (León Bloy).

CAPÍTULO SE­GUN­DO: DOS SU­TI­LES ENEMI­GOS DE LA SAN­TI­DAD

EL GNOS­TI­CIS­MO AC­TUAL

Una men­te sin Dios y sin car­ne

  1. En de­fi­ni­ti­va, se tra­ta de una su­per­fi­cia­li­dad va­ni­do­sa: mu­cho mo­vi­mien­to en la su­per­fi­cie de la men­te, pero no se mue­ve ni se con­mue­ve la pro­fun­di­dad del pen­sa­mien­to.
  2. Esto pue­de ocu­rrir den­tro de la Igle­sia: pre­ten­der re­du­cir la en­se­ñan­za de Je­sús a una ló­gi­ca fría y dura que bus­ca do­mi­nar­lo todo.

Una doc­tri­na sin mis­te­rio

  1. Aun cuan­do la exis­ten­cia de al­guien haya sido un desas­tre, aun cuan­do lo vea­mos des­trui­do por los vi­cios o las adic­cio­nes, Dios está en su vida.

Los lí­mi­tes de la ra­zón

  1. San Juan Pa­blo II les ad­ver­tía de la ten­ta­ción de desa­rro­llar «un cier­to sen­ti­mien­to de su­pe­rio­ri­dad res­pec­to a los de­más fie­les».

EL PE­LA­GIA­NIS­MO AC­TUAL

Una vo­lun­tad sin hu­mil­dad

  1. Cuan­do al­gu­nos de ellos se di­ri­gen a los dé­bi­les di­cién­do­les que todo se pue­de con la gra­cia de Dios, en el fon­do sue­len trans­mi­tir la idea de que todo se pue­de con la vo­lun­tad hu­ma­na; Dios te in­vi­ta a ha­cer lo que pue­das y a pe­dir lo que no pue­das: «Dame lo que me pi­des y pí­de­me lo que quie­ras» (San Agus­tín).

Una en­se­ñan­za de la Igle­sia mu­chas ve­ces ol­vi­da­da

  1. La Igle­sia en­se­ñó reite­ra­das ve­ces que no so­mos jus­ti­fi­ca­dos por nues­tras obras o por nues­tros es­fuer­zos, sino por la gra­cia del Se­ñor que toma la ini­cia­ti­va.

Los nue­vos pe­la­gia­nos

  1. Mu­chas ve­ces, en con­tra del im­pul­so del Es­pí­ri­tu, la vida de la Igle­sia se con­vier­te en una pie­za de mu­seo o en una po­se­sión de po­cos. Es qui­zás una for­ma su­til de pe­la­gia­nis­mo.

El re­su­men de la Ley

  1. «Por­que toda la ley se cum­ple en una sola fra­se, que es: Ama­rás a tu pró­ji­mo como a ti mis­mo» (Ga 5,14).

CAPÍTULO TER­CE­RO: A LA LUZ DEL MAES­TRO

  1. «¿Cómo se hace para lle­gar a ser un buen cris­tiano?», la res­pues­ta es sen­ci­lla: es ne­ce­sa­rio ha­cer, cada uno a su modo, lo que dice Je­sús en el ser­món de las Bie­na­ven­tu­ran­zas.

A CON­TRA­CO­RRIEN­TE

«Fe­li­ces los po­bres de es­pí­ri­tu, por­que de ellos es el reino de los cie­los»

  1. Esta po­bre­za de es­pí­ri­tu está muy re­la­cio­na­da con aque­lla «san­ta in­di­fe­ren­cia» que pro­po­nía san Ig­na­cio de Lo­yo­la, en la cual al­can­za­mos una her­mo­sa li­ber­tad in­te­rior.
  2. Ser po­bre en el co­ra­zón, esto es san­ti­dad.

«Fe­li­ces los man­sos, por­que he­re­da­rán la tie­rra»

  1. Para san­ta Te­re­sa de Li­sieux «la ca­ri­dad per­fec­ta con­sis­te en so­por­tar los de­fec­tos de los de­más, en no es­can­da­li­zar­se de sus de­bi­li­da­des».
  2. Reac­cio­nar con hu­mil­de man­se­dum­bre, esto es san­ti­dad.

«Fe­li­ces los que llo­ran, por­que ellos se­rán con­so­la­dos»

  1. El mun­do nos pro­po­ne lo con­tra­rio: se gas­tan mu­chas ener­gías por es­ca­par de las cir­cuns­tan­cias don­de se hace pre­sen­te el su­fri­mien­to.
  2. Sa­ber llo­rar con los de­más, esto es san­ti­dad.

«Fe­li­ces los que tie­nen ham­bre y sed de jus­ti­cia, por­que ellos que­da­rán sa­cia­dos»

  1. La pa­la­bra «jus­ti­cia» pue­de ser si­nó­ni­mo de fi­de­li­dad a la vo­lun­tad de Dios con toda nues­tra vida, pero si le da­mos un sen­ti­do muy ge­ne­ral ol­vi­da­mos que se ma­ni­fies­ta es­pe­cial­men­te en la jus­ti­cia con los in­de­fen­sos.

Bus­car la jus­ti­cia con ham­bre y sed, esto es san­ti­dad.

«Fe­li­ces los mi­se­ri­cor­dio­sos, por­que ellos al­can­za­rán mi­se­ri­cor­dia»

  1. El Ca­te­cis­mo nos re­cuer­da que esta ley se debe apli­car «en to­dos los ca­sos»,[1] de ma­ne­ra es­pe­cial cuan­do al­guien «se ve a ve­ces en­fren­ta­do con si­tua­cio­nes que ha­cen el jui­cio mo­ral me­nos se­gu­ro, y la de­ci­sión di­fí­cil».
  2. Mi­rar y ac­tuar con mi­se­ri­cor­dia, esto es san­ti­dad.

«Fe­li­ces los de co­ra­zón lim­pio, por­que ellos ve­rán a Dios»

  1. En las in­ten­cio­nes del co­ra­zón se ori­gi­nan los de­seos y las de­ci­sio­nes más pro­fun­das que real­men­te nos mue­ven.
  2. Man­te­ner el co­ra­zón lim­pio de todo lo que man­cha el amor, esto es san­ti­dad.

«Fe­li­ces los que tra­ba­jan por la paz, por­que ellos se­rán lla­ma­dos hi­jos de Dios»

  1. No es fá­cil cons­truir esta paz evan­gé­li­ca que no ex­clu­ye a na­die sino que in­te­gra tam­bién a los que son algo ex­tra­ños, a las per­so­nas di­fí­ci­les y com­pli­ca­das.

Sem­brar paz a nues­tro al­re­de­dor, esto es san­ti­dad.

«Fe­li­ces los per­se­gui­dos a cau­sa de la jus­ti­cia, por­que de ellos es el reino de los cie­los»

  1. Las per­se­cu­cio­nes no son una reali­dad del pa­sa­do, por­que hoy tam­bién las su­fri­mos, sea de ma­ne­ra cruen­ta, como tan­tos már­ti­res con­tem­po­rá­neos, o de un modo más su­til, a tra­vés de ca­lum­nias y fal­se­da­des.

Acep­tar cada día el ca­mino del Evan­ge­lio aun­que nos trai­ga pro­ble­mas, esto es san­ti­dad.

EL GRAN PRO­TO­CO­LO

  1. «Por­que tuve ham­bre y me dis­teis de co­mer, tuve sed y me dis­teis de be­ber, fui fo­ras­te­ro y me hos­pe­das­teis, es­tu­ve des­nu­do y me ves­tis­teis, en­fer­mo y me vi­si­tas­teis, en la cár­cel y vi­nis­teis a ver­me» (Mt 25,35-36).

Por fi­de­li­dad al Maes­tro

  1. Cuan­do en­cuen­tro a una per­so­na dur­mien­do a la in­tem­pe­rie, en una no­che fría, pue­do sen­tir que ese bul­to es un im­pre­vis­to que me in­te­rrum­pe, un de­lin­cuen­te ocio­so, un es­tor­bo en mi ca­mino, un agui­jón mo­les­to para mi con­cien­cia, un pro­ble­ma que de­ben re­sol­ver los po­lí­ti­cos, y qui­zá has­ta una ba­su­ra que en­su­cia el es­pa­cio pú­bli­co. O pue­do reac­cio­nar des­de la fe y la ca­ri­dad, y re­co­no­cer en él a un ser hu­mano con mi mis­ma dig­ni­dad, a una crea­tu­ra in­fi­ni­ta­men­te ama­da por el Pa­dre. ¡Eso es ser cris­tia­nos!

Las ideo­lo­gías que mu­ti­lan el co­ra­zón del Evan­ge­lio

  1. La­men­to que a ve­ces las ideo­lo­gías nos lle­ven a dos erro­res no­ci­vos. Por una par­te, el de los cris­tia­nos que se­pa­ran es­tas exi­gen­cias del Evan­ge­lio de su re­la­ción per­so­nal con el Se­ñor, de la unión in­te­rior con él, de la gra­cia.
  2. Tam­bién es no­ci­vo e ideo­ló­gi­co el error de quie­nes vi­ven sos­pe­chan­do del com­pro­mi­so so­cial de los de­más, con­si­de­rán­do­lo algo su­per­fi­cial, mun­dano, se­cu­la­ris­ta, in­ma­nen­tis­ta, co­mu­nis­ta, po­pu­lis­ta. La de­fen­sa del inocen­te que no ha na­ci­do, por ejem­plo, debe ser cla­ra, fir­me y apa­sio­na­da. Pero igual­men­te sa­gra­da es la vida de los po­bres que ya han na­ci­do, que se de­ba­ten en la mi­se­ria.
  3. Sue­le es­cu­char­se que, fren­te al re­la­ti­vis­mo y a los lí­mi­tes del mun­do ac­tual, se­ría un asun­to me­nor la si­tua­ción de los mi­gran­tes, por ejem­plo. Al­gu­nos ca­tó­li­cos afir­man que es un tema se­cun­da­rio al lado de los te­mas «se­rios» de la bio­éti­ca.
  4. No se tra­ta de un in­ven­to de un Papa o de un de­li­rio pa­sa­je­ro.

El cul­to que más le agra­da

  1. Quien de ver­dad quie­ra dar glo­ria a Dios con su vida, quien real­men­te an­he­le san­ti­fi­car­se para que su exis­ten­cia glo­ri­fi­que al San­to, está lla­ma­do a ob­se­sio­nar­se, des­gas­tar­se y can­sar­se in­ten­tan­do vi­vir las obras de mi­se­ri­cor­dia.
  2. El con­su­mis­mo he­do­nis­ta pue­de ju­gar­nos una mala pa­sa­da. Tam­bién el con­su­mo de in­for­ma­ción su­per­fi­cial y las for­mas de co­mu­ni­ca­ción rá­pi­da y vir­tual pue­den ser un fac­tor de aton­ta­mien­to que se lle­va todo nues­tro tiem­po y nos ale­ja de la car­ne su­frien­te de los her­ma­nos.

***

  1. La fuer­za del tes­ti­mo­nio de los san­tos está en vi­vir las bie­na­ven­tu­ran­zas y el pro­to­co­lo del jui­cio fi­nal. Re­co­mien­do vi­va­men­te re­leer con fre­cuen­cia es­tos gran­des tex­tos bí­bli­cos, re­cor­dar­los, orar con ellos, in­ten­tar ha­cer­los car­ne. Nos ha­rán bien, nos ha­rán ge­nui­na­men­te fe­li­ces.

CAPÍTULO CUAR­TO: AL­GU­NAS NO­TAS DE LA SAN­TI­DAD

EN EL MUN­DO AC­TUAL

  1. No me de­ten­dré a ex­pli­car los me­dios de san­ti­fi­ca­ción que ya co­no­ce­mos: los dis­tin­tos mé­to­dos de ora­ción, los pre­cio­sos sa­cra­men­tos de la Eu­ca­ris­tía y la Re­con­ci­lia­ción, la ofren­da de sa­cri­fi­cios, las di­ver­sas for­mas de de­vo­ción, la di­rec­ción es­pi­ri­tual, y tan­tos otros. Solo me re­fe­ri­ré a al­gu­nos as­pec­tos del lla­ma­do a la san­ti­dad que es­pe­ro re­sue­nen de modo es­pe­cial.
  2. Son cin­co gran­des ma­ni­fes­ta­cio­nes del amor a Dios y al pró­ji­mo que con­si­de­ro de par­ti­cu­lar im­por­tan­cia, de­bi­do a al­gu­nos ries­gos y lí­mi­tes de la cul­tu­ra de hoy. En ella se ma­ni­fies­tan: la an­sie­dad ner­vio­sa y vio­len­ta que nos dis­per­sa y nos de­bi­li­ta; la ne­ga­ti­vi­dad y la tris­te­za; la ace­dia có­mo­da, con­su­mis­ta y egoís­ta; el in­di­vi­dua­lis­mo, y tan­tas for­mas de fal­sa es­pi­ri­tua­li­dad sin en­cuen­tro con Dios que reinan en el mer­ca­do re­li­gio­so ac­tual.
  3. AGUAN­TE, PA­CIEN­CIA Y MAN­SE­DUM­BRE
  4. ALEGRÍA Y SEN­TI­DO DEL HU­MOR
  5. AU­DA­CIA Y FER­VOR
  6. EN CO­MU­NI­DAD
  7. EN ORA­CIÓN CONS­TAN­TE

CAPÍTULO QUIN­TO: COM­BA­TE, VI­GI­LAN­CIA Y DIS­CER­NI­MIEN­TO

  1. La vida cris­tia­na es un com­ba­te per­ma­nen­te. Se re­quie­ren fuer­za y va­len­tía para re­sis­tir las ten­ta­cio­nes del dia­blo y anun­ciar el Evan­ge­lio. Esta lu­cha es muy be­lla, por­que nos per­mi­te ce­le­brar cada vez que el Se­ñor ven­ce en nues­tra vida.

EL COM­BA­TE Y LA VI­GI­LAN­CIA

  1. No se tra­ta solo de un com­ba­te con­tra el mun­do y la men­ta­li­dad mun­da­na, que nos en­ga­ña, nos aton­ta y nos vuel­ve me­dio­cres sin com­pro­mi­so y sin gozo. Tam­po­co se re­du­ce a una lu­cha con­tra la pro­pia fra­gi­li­dad y las pro­pias in­cli­na­cio­nes. Es tam­bién una lu­cha cons­tan­te con­tra el dia­blo. Je­sús mis­mo fes­te­ja nues­tras vic­to­rias.

Algo más que un mito

  1. En­ton­ces, no pen­se­mos que es un mito, una re­pre­sen­ta­ción, un sím­bo­lo, una fi­gu­ra o una idea. Ese en­ga­ño nos lle­va a ba­jar los bra­zos, a des­cui­dar­nos y a que­dar más ex­pues­tos. Él no ne­ce­si­ta po­seer­nos. Nos en­ve­ne­na con el odio, con la tris­te­za, con la en­vi­dia, con los vi­cios. Y así, mien­tras no­so­tros ba­ja­mos la guar­dia, él apro­ve­cha para des­truir nues­tra vida, nues­tras fa­mi­lias y nues­tras co­mu­ni­da­des.

Des­pier­tos y con­fia­dos

  1. Nues­tro ca­mino ha­cia la san­ti­dad es tam­bién una lu­cha cons­tan­te. Quien no quie­ra re­co­no­cer­lo se verá ex­pues­to al fra­ca­so o a la me­dio­cri­dad. Para el com­ba­te te­ne­mos las ar­mas po­de­ro­sas que el Se­ñor nos da: la fe que se ex­pre­sa en la ora­ción, la me­di­ta­ción de la Pa­la­bra de Dios, la ce­le­bra­ción de la Misa, la ado­ra­ción eu­ca­rís­ti­ca, la re­con­ci­lia­ción sa­cra­men­tal, las obras de ca­ri­dad, la vida co­mu­ni­ta­ria, el em­pe­ño mi­sio­ne­ro.

La co­rrup­ción es­pi­ri­tual

  1. «No nos en­tre­gue­mos al sue­ño». Por­que quie­nes sien­ten que no co­me­ten fal­tas gra­ves con­tra la Ley de Dios, pue­den des­cui­dar­se en una es­pe­cie de aton­ta­mien­to o ador­me­ci­mien­to.

EL DIS­CER­NI­MIEN­TO

  1. ¿Cómo sa­ber si algo vie­ne del Es­pí­ri­tu San­to o si su ori­gen está en el es­pí­ri­tu del mun­do o en el es­pí­ri­tu del dia­blo? La úni­ca for­ma es el dis­cer­ni­mien­to, que no su­po­ne so­la­men­te una bue­na ca­pa­ci­dad de ra­zo­nar o un sen­ti­do co­mún, es tam­bién un don que hay que pe­dir. Si lo pe­di­mos con­fia­da­men­te al Es­pí­ri­tu San­to, y al mis­mo tiem­po nos es­for­za­mos por desa­rro­llar­lo con la ora­ción, la re­fle­xión, la lec­tu­ra y el buen con­se­jo, se­gu­ra­men­te po­dre­mos cre­cer en esta ca­pa­ci­dad es­pi­ri­tual.

Una ne­ce­si­dad im­pe­rio­sa

  1. To­dos, pero es­pe­cial­men­te los jó­ve­nes, es­tán ex­pues­tos a un zap­ping cons­tan­te. Sin la sa­bi­du­ría del dis­cer­ni­mien­to po­de­mos con­ver­tir­nos fá­cil­men­te en ma­rio­ne­tas a mer­ced de las ten­den­cias del mo­men­to.

Siem­pre a la luz del Se­ñor

  1. El dis­cer­ni­mien­to no solo es ne­ce­sa­rio en mo­men­tos ex­tra­or­di­na­rios, o cuan­do hay que re­sol­ver pro­ble­mas gra­ves. Nos hace fal­ta siem­pre: mu­chas ve­ces esto se jue­ga en lo pe­que­ño, en lo que pa­re­ce irre­le­van­te.

Un don so­bre­na­tu­ral

  1. Si bien el Se­ñor nos ha­bla de mo­dos muy va­ria­dos en me­dio de nues­tro tra­ba­jo, a tra­vés de los de­más, y en todo mo­men­to, no es po­si­ble pres­cin­dir del si­len­cio de la ora­ción de­te­ni­da para per­ci­bir me­jor ese len­gua­je, para in­ter­pre­tar el sig­ni­fi­ca­do real de las ins­pi­ra­cio­nes que creí­mos re­ci­bir.

Ha­bla, Se­ñor

  1. Solo quien está dis­pues­to a es­cu­char tie­ne la li­ber­tad para re­nun­ciar a su pro­pio pun­to de vis­ta par­cial o in­su­fi­cien­te, a sus cos­tum­bres, a sus es­que­mas.
  2. No se tra­ta de apli­car re­ce­tas o de re­pe­tir el pa­sa­do.

La ló­gi­ca del don y de la cruz

  1. Hace fal­ta pe­dir­le al Es­pí­ri­tu San­to que nos li­be­re y que ex­pul­se ese mie­do que nos lle­va a ve­dar­le su en­tra­da en al­gu­nos as­pec­tos de la pro­pia vida. Esto nos hace ver que el dis­cer­ni­mien­to no es un au­to­aná­li­sis en­si­mis­ma­do, una in­tros­pec­ción egoís­ta, sino una ver­da­de­ra sa­li­da de no­so­tros mis­mos ha­cia el mis­te­rio de Dios, que nos ayu­da a vi­vir la mi­sión a la cual nos ha lla­ma­do para el bien de los her­ma­nos.

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  1. Quie­ro que Ma­ría co­ro­ne es­tas re­fle­xio­nes, por­que ella vi­vió como na­die las bie­na­ven­tu­ran­zas de Je­sús. Ella es la que se es­tre­me­cía de gozo en la pre­sen­cia de Dios, la que con­ser­va­ba todo en su co­ra­zón y se dejó atra­ve­sar por la es­pa­da. Es la san­ta en­tre los san­tos, la más ben­di­ta, la que nos en­se­ña el ca­mino de la san­ti­dad y nos acom­pa­ña. Ella no acep­ta que nos que­de­mos caí­dos y a ve­ces nos lle­va en sus bra­zos sin juz­gar­nos. Con­ver­sar con ella nos con­sue­la, nos li­be­ra y nos san­ti­fi­ca. La Ma­dre no ne­ce­si­ta de mu­chas pa­la­bras, no le hace fal­ta que nos es­for­ce­mos de­ma­sia­do para ex­pli­car­le lo que nos pasa. Bas­ta mu­si­tar una y otra vez: «Dios te sal­ve, Ma­ría…».
  2. Es­pe­ro que es­tas pá­gi­nas sean úti­les para que toda la Igle­sia se de­di­que a pro­mo­ver el de­seo de la san­ti­dad. Pi­da­mos que el Es­pí­ri­tu San­to in­fun­da en no­so­tros un in­ten­so an­he­lo de ser san­tos para la ma­yor glo­ria de Dios y alen­té­mo­nos unos a otros en este in­ten­to. Así com­par­ti­re­mos una fe­li­ci­dad que el mun­do no nos po­drá qui­tar.

 

 

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